Del 19 al 23 de mayo de 2025, las y los estudiantes de quinto semestre de Bachillerato vivieron su segunda experiencia de Servicio Social en comunidades rurales de los municipios de Matamoros y Viesca, Coahuila. Esta vivencia, profundamente formativa, representa un eje fundamental de la propuesta educativa de la Escuela Carlos Pereyra, orientada a formar personas conscientes, competentes, compasivas, comprometidas y contemplativas en la acción.
Las comunidades que generosamente recibieron a nuestros grupos fueron: en Matamoros, San Isidro, Corea, El Sacrificio, Petronilas y San Francisco; y en Viesca, San Juan de Villanueva, Nuevo Margaritas y Buenavista. La convivencia y el trabajo en estos entornos rurales ofrecieron a nuestro alumnado un contexto real y desafiante para desarrollar una sensibilidad social profunda y un compromiso activo con las personas y realidades más alejadas de su cotidianidad.
Aprender desde el trabajo y la vida en comunidad
Durante las mañanas, nuestras y nuestros estudiantes se sumaron al trabajo agrícola de las comunidades, colaborando en la recolección de melón y sandía, así como en la carga de camiones y tráileres para su distribución. En las tardes, participaron en una amplia gama de labores comunitarias que incluyeron desde la mejora de espacios públicos hasta actividades productivas del ámbito rural: pintar bardas, limpiar establos, escombrar terrenos, plantar árboles, encalarlos, ordeñar chivas, elaborar queso artesanal y tostar semillas de calabaza. Estas experiencias, más allá de su valor práctico, permiten fortalecer la empatía, la responsabilidad compartida y la conciencia ecológica.
Formación con sentido social y humano
Esta experiencia se enmarca dentro de la Formación Ignaciana y busca propiciar un encuentro transformador entre el estudiantado y las realidades del campo. En línea con nuestra misión institucional, pretendemos que esta vivencia alimente una visión crítica del mundo y motive el compromiso con la dignidad humana, la justicia social y el servicio a los demás. No se trata solo de prestar un servicio, sino de dejarse afectar por el otro y por su entorno, para mirar el mundo con ojos nuevos.
Familias que se suman al compromiso común
Un aspecto especialmente significativo fue la participación activa de madres y padres de familia: cuatro papás y tres mamás acompañaron en campo como asesores. Su presencia no solo reforzó el vínculo escuela-familia, sino que sirvió como modelo tangible de empatía, solidaridad y compromiso comunitario. Su testimonio y cercanía favorecieron una experiencia más rica, al convertirse en referentes vivenciales de lo que significa ser mujeres y hombres para los demás.
Reflexión, interioridad y discernimiento
Además del trabajo físico y comunitario, el espacio para la interioridad fue igualmente valioso. Cada día, las y los estudiantes contaron con momentos de silencio, oración guiada y reflexión personal mediante bitácoras. Estas herramientas, características de la Pedagogía Ignaciana, buscan promover un discernimiento profundo sobre lo vivido, permitiendo descubrir en los acontecimientos cotidianos una invitación a ser agentes de transformación en sus entornos.
Así, la Experiencia Rural no solo transforma comunidades: transforma personas. Es un laboratorio vivencial en el que se cultivan valores esenciales para construir un mundo más justo, fraterno y sostenible. Queda en cada uno de nuestros estudiantes el reto de seguir caminando con esperanza, conscientes de que el verdadero aprendizaje no termina en el aula, sino que se expande al mundo cuando se vive desde el corazón, en comunidad y al servicio de los demás.















