Este año, el altar huele diferente. No a cempasúchil nada más. Huele a algo que cuesta más nombrarlo: a la memoria de quienes no alcanzaron a salir, y también a quienes se quedaron para ayudar a que otros sí lo hicieran.

El Altar de Muertos 2026 de la Escuela Carlos Pereyra se llama “Manos que levantan”. Y el nombre no es decorativo.
Cuando ocurre un desastre natural, los medios nos dan números. Cuántos muertos, cuántos desplazados, cuántas casas perdidas. Los números son necesarios, pero tienen un efecto secundario: nos alejan de las personas. Las vuelven estadística.
Lo que queremos hacer con este altar es lo contrario: pasar del dato a la dignidad. Recordar que detrás de cada cifra hubo alguien con nombre, con historia, con personas que los esperaban. Y recordar también a quienes pusieron sus manos —literalmente— al servicio de otros: quienes rescataron, escucharon, alimentaron, reconstruyeron, consolaron. Los que estuvieron cuando las cámaras ya se habían ido.
Una mano que levanta no solo actúa en la emergencia. Sigue presente después, cuando la reconstrucción es más silenciosa y más lenta.

Encontrar a Dios en lo concreto
Desde nuestra identidad jesuita, hay una convicción que orienta cómo miramos la realidad: Dios está presente en todas las cosas. No como una frase de póster, sino como una forma de ver. Una actitud que requiere entrenamiento.
Ante los desastres naturales, esa mirada no pretende encontrar a Dios en la destrucción. Lo que busca es más específico: descubrirlo en la dignidad de quien sufre, en quien arriesga su vida para salvar otra, en las comunidades que se organizan para sostenerse cuando el Estado no llega. En las manos que se extienden antes de que alguien las pida.
Eso es lo que queremos contemplar en este altar. No la tragedia. Los gestos que la tragedia hace visibles.
Una pregunta que nos toca
Mirar este altar nos deja con algo incómodo, y eso es intencional. La memoria de quienes sirvieron a otros no es solo un homenaje: es una pregunta dirigida a cada persona que lo contempla.
¿Qué hacemos nosotros y nosotras ante el sufrimiento de quienes nos rodean?
No hay respuesta correcta en el altar. Pero la pregunta no se va cuando uno se aleja. Y eso, en la tradición ignaciana, es exactamente el punto: contemplar la realidad para comprometerse con ella, no para quedarse tranquilo.
Nuestras propias manos, nuestro tiempo, nuestras decisiones también pueden ponerse al servicio de quien necesita ser sostenido. El altar nos lo recuerda. Lo que hagamos con ese recordatorio depende de cada uno de nosotros y nosotras.
















